dimecres, 22 d’abril de 2015

GUSTOS DE COLORES



Verdes, amarillas y rojas, por supuesto. Incluso  rosas o marrones. Pero… ¿azules? Era la primera vez que veía manzanas azules. Claro que en la cesta de al lado brillaban unos plátanos de color purpura y unos limones fucsias.

Levanté la mirada hacia el cielo. Nublado. Negro y amenazando un rápido chubasco de agosto que nos dejaría más calor del que ya teníamos.

Volví a la tierra. Concretamente, a la frutería de los colores imposibles e intenté establecer una conversación mínimamente normal con la dependienta, pero no iba a ser así. Al empezar a hablar me salió un balbuceo ininteligible que me hizo parar en seco. La chica, que al parecer me entendió perfectamente, creyó que había acabado y se puso a explicarme lo que fuera en el mismo dialecto absurdo. Pero yo no la entendía. Ella, por lo visto, a mi sí. Me di cuenta de que pronunciaba solo consonantes y éste era el desconcierto mayor. Parecían gruñidos. Igual por escrito sería capaz de ligar las palabras sin vocales pero oralmente era un desafío. La miré con tristeza, puesto que no existe nada más descorazonador que tener alguien delante de ti hablando y que no seas capaz de descifrar ni una palabra. Me acordé de mis malogrados estudios en la escuela oficial de idiomas… Nunca se me habían dado bien.
Miré a la dependienta con una sonrisa de ojos y labios, le agradecí el esfuerzo con un gesto universal de cabeza y salí despacio de la frutería.

Por un segundo me paré en la acera. Podía sencillamente coger una pieza de fruta de cada cesta, dársela y pagar. No hacía falta mucha comunicación. Así por lo menos descubriría a que sabían esas maravillas de colores.

Volví a entrar y la chica me miró atentamente mientras metía en mi bolsa una manzana azul, un plátano púrpura, un limón fucsia y un racimo de uvas plateadas. Ella lo pesó y me dijo un precio que no entendí. Arrojé el contenido de mi monedero encima del tablero y le hice un gesto para que cogiera lo que creyera oportuno. Así lo hizo -debió ser exacto puesto que no hubo vuelta-. 

Salí triunfante y me dispuse a pelar el plátano que también era púrpura  por dentro aunque no tan brillante.  Efectivamente, el primer bocado sabia a plátano, pero el segundo sabía a carne guisada con patatas y más adelante y hasta el rabito final -que nunca me comía pero que en este caso apuré ávidamente-  pasaron por mis papilas gustativas un helado de ron,  pescado frito, sopa de miso y unos espaguetis con carne que, de puro reales, me hicieron sorber el último trocito como si fueran un hilo de pasta kilométrico. Y me pareció normal. Bueno seamos sinceras: Estaba anonadada, pero me lo comí con la fruición de quien no ha probado bocado en meses y le ponen un festín delante de sus ojos. Esa era la normalidad.
Me pasé la lengua por los labios que sentí secos. Como siempre y durante tantas horas al día, oía la voz de mi hermana a mi lado, con mi mano cogida, mientras leía o me hablaba. No pude ver cómo se levantó inquieta por mi movimiento lingual. Ni cómo llamó a la enfermera, tan nerviosa que se le cayó el llamador al suelo dos veces. Tampoco vi la agitación que se produjo a mi alrededor en pocos segundos pero sí la oí, como había oído todo durante esos dos años que tampoco sabía que habían transcurrido.

Las enfermeras empezaron su danza. Una nueva, no la acostumbrada de cada mañana. Un protocolo nuevo. El que se establece cuando alguien despierta de un coma.

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